Alquimista y Chamán: Leopoldo José Bartolomé, poeta

Por Café Azar. Buenos Aires – Posadas, Misiones. Antropólogo y gestor cultural

Café Azar WP

A Leopoldo  – el antropólogo –  le gustaban las continuidades. Las de los parques, también. Su preocupación, su búsqueda en las Ciencias Sociales fue la de tratar de encontrar aquello que nos mostrara a los humanos iguales en nuestras diferencias. Particularmente, soy de creer en los brillos de lo diverso. Sin embargo soy consciente del carácter de constructo, de ficción, de invención, que tienen las miradas en ambos lados del puente. Por eso, esta reseña no va a versar sobre el trabajo antropológico y etnológico (perdón, es una tonta chicana) de Leopoldo José Bartolomé, sino sobre su producción poética.

Alguna vez, recorriendo las llamadas librerías de viejos en Baires (placer en el que puedo abstraerme horas y horas tal flâneur sin límites) encontré un par de ejemplares de El ojo del can. En la solapa de tapa del libro – publicado por Editorial Losada en mil novecientos sesenta y cinco – se lee: “He aquí una voz inconfundiblemente joven, que sabe explorar la región del sueño sin extraviarse ante lo meramente insólito, que encuentra las imágenes más deslumbrantes sin ceder ante el simple asombro verbal.” El ojo del can de Leopoldo José Bartolomé había sido premiado en el concurso para autores inéditos del año mil novecientos sesenta y cuatro convocado por el Fondo Nacional de las Artes.

Nacido en Posadas, Provincia de Misiones, en mil novecientos cuarenta y dos, había emigrado a Buenos Aires a estudiar Antropología. Es en ese momento en que publica algunos poemas en Revistas como Airón en octubre de mil novecientos sesenta y cinco y La Rueda, revista de un único número que congregaba gran parte del surrealismo de esa época. Sin dudas, la poética de Leopoldo José Bartolomé – aunque breve lo publicado – forma parte de la literatura regional. De esa región donde las realidades alteradas, oníricas y literarias, se confunden con aquellas formas de ser y estar de un otro, un extraño tan cercano.

El ojo del can

“Si se ha de buscar una luz en estos poemas, que sea la de Sirio, la estrella que interroga al futuro con su brillante, maligno ojo. El ojo del can que precede al cazador”. Con esta advertencia comienza El Ojo del can. En una genealogía posible creo que la referencia a esta estrella y esta constelación está íntimamente ligada a la visión universalista de Leopoldo. Su característica consiste en la posibilidad de ser vista desde gran parte de los lugares de la tierra. Su denominación varía según culturas y etnias. A partir de surfear suavemente en Google, encuentro que: Perro Luna la llaman los inuit de Alaska, los pawne de Nebraska la denominaban “Estrella Coyote” y en China “Lobo Celestial”. Pueblos que vieron las constelaciones de forma similar, identificando un can que sigue a un cazador. Lubdhaka es el nombre que porta en sánscrito, el cazador.

La siguiente página sigue con una cita de la obra de un alquimista del siglo XIV: Raymundo Lulio (el doctor iluminado). La obra citada es La clavícula o Llave Universal. El texto que Leopoldo propone – al construir su lector – habla de cómo el mercurio se convierte en la cal viva de los filósofos y este polvo blanco se transmuta en plata al unirlo con la luna, por ejemplo. Hay en la alquimia una idea de base en donde los materiales poseen una estructura común que se puede manipular para transformarlos. Después, vienen los poemas.

Y allí nos asaltan una sucesión de imágenes, de emociones, que van desde los dolores y alegrías más íntimas hasta las visiones que la literatura, la mitología y algunos objetos de rancia y rutinaria cotidianeidad nos proveen. Le proveen al poeta, quiero decir. Y a nosotros al leerlo. Contra el formato romántico, más cercano al legado de Ezra Pound y en frontera con el imaginario surrealista, Leopoldo hace de cada poema una suerte de cartografía que anuda, sugiere e ignora los senderos transitados por una poética que se sabe constructo, que atiende un ritmo (no una rima) y cuyo recurso es la imagen y toda aquella herramienta necesaria para su diseño.

En “Responde, Tiresias”, se lee:

              “Y lo que Dante vio: todos esos rostros de mujeres
Anunciando muerte, llevarán sus labios a mis labios?
O despertaré a medianoche envuelto en algas
                           para ser
un hombre de mar, una madera que duerme en el mar,
                           para ser
un extraño animal que cuelga quieto en el tejado.”

Un personaje de la mitología griega, la puntuación anglosajona, la cita a una obra clásica, las imágenes potentes y oníricas de los sueños sin interpretación. Otro ser mitológico que – a diferencia de Tiresias que es hermafrodita, ciego y vidente – mata con su mirada. Así, en el “Canto del Basilisco”, Leopoldo escribe sobre el amor y el dolor, el dolor del amor, el sexo y sus abismos, pieles encendidas que todo lo consumen.

“Recorre el basilisco la ciudad, tornando desiertos y fríos
           los parajes de la dulzura, los sentimientos de las tardes
           suaves almohadones en el sillón de la casa de la abuela
           y ella misma que es de pronto una Dama Tenebrosa
Entrará de noche a nuestro cuarto donde dormimos ajenos
           a todo lo que el destino trama y sus alcanforados dedos
           tomarán con amor nuestra garganta hasta el último aliento
           y el postrer recuerdo será duro y bello como su risa.”

En “Canción” un epígrafe con una cita de Ezra Pound prefigura la influencia y un posible campo estético en donde se desplazan los recursos retóricos y semánticos. “For in her is all my delight / and all that can save me.” (Porque ella es todo mi deleite / y todo lo que puede salvarme.):

“Ved aquí la imagen y la contraimagen:
todas las figuras que se te han atribuido,
la luz de tu rostro como un cuarzo puro e inasible,
la paz de tu sombra como el cuerpo de una perla trágica,
tu alma que flota en los espejos como una suicida.
¿Qué hay en mis bolsillos sino papeles garabateados,
Una o dos lapiceras, una cédula de identidad, baratijas?”

Se trata de metáforas construidas a partir de transmutar materiales oníricos con aquellos de la rutina diaria, referencias míticas con aquellas que forman parte del acervo de la literatura antropológica. Así aparecen los bolsillos, el aceite de máquina Santos, una silla de madera donde se juega con fósforos (no podía ser de otra manera), los espejos, un gato de porcelana (que se rompe), monedas, tocadiscos y lapiceras (una o dos). Los habitantes de los universos griego: Circe, Ícaro, el adivino, ciego y trans, Tiresias; romano: Proserpina; mesopotámico: Gilgamesh y algunos diablos y vampiros: Sr. Satanus y Nod. Personajes de la literatura clásica como el Dante y el Marqués de Sade también hacen algunos cameos casuales. El mundo de los sueños se despliega en imágenes incómodas cuya lógica escapa al logos que inscribe lo explicable. El deseo, la muerte, lo inefable, “dazed and confused”, los “ojos ciegos bien abiertos” como – posteriormente – Led Zeppelin y Patricio Rey lo describieron. Lo que flota, lo siniestro, el tiempo deformado y la muerte que acecha. Con todo esto y con aquello que – intangible – no puede reducirse, Leopoldo oficia de alquimista para convertir el mercurio en ese polvo blanco que, unido a la luna, se hace poesía. Interrogando la palabra y su territorio, los vastos universos que quedan vibrando apenas se dejan caer en el imaginario del lector. Polvos y pases mágicos que un joven/viejo chamán – allá por el año mil novecientos sesenta y cinco – tiró en una botella al océano para que algún náufrago la recogiera transmutada como libro en esas viejas librerías donde solemos ir aquellos que creemos en los designios de Sirio.

 

3 Comments

  1. Gracias Café por develar un viejo arcano de mi vida pasada!
    Gracias por darle un sentido evidentemente evidente a ese librito de perfil enjuto y tapas originalmente amarillentas. Me cayó entre las manos hace mucho tiempo. Por mis manos, como un giróscopo por las manos de un chimpancé, pasó incomprendido. Amarrocado en mi biblioteca, en cada mudanza volví a abrir sus endebles hojas y volví a cerrarlo sin entender nada. No lo tire antes porque era “de Leopoldo”. Con el tiempo, las mudanzas le terminaron de arrancar la tapa, dejando al descubierto una primera hoja pálida en una de cuyas esquinas pacía la dedicatoria firmada por Leopoldo. “a la liebre…” empezaba y se continuaba con alguna frase haciendo juego con el contenido del libro y los sentimientos que habrían animado esas líneas.

    Como el libro me lo prestó Ana María Gorosito, en los tiempos primigenios en los que los hombres compartían parte de su vida con los dioses, siempre pensé que la dedicatoria era para ella. Habrá habido tiempos aun mas primigenios, en los que Leopoldo llamaba liebre a la Goro?

    Mas allá de la aneda, por primera vez y a través de tu comentario pude hacer coincidir mi recuerdo de Leopoldo con lo que contiene el libro. Ese mundo de claroscuros de un joven intelectual, sometido tempranamente a la experiencia intercultural y pertrechado para toda la vida con las armas y la arrogancia que solo la antropología puede dar con tanta magnificencia. Como en las letras de Spinetta, la letra sugiere luces, sombras colores y sensaciones apoyada en mitologías propias o ajenas, convocadas en particular aquelarre de talento personal.

    Si, por fin vislumbro ese libro y reconozco en él al joven Leopoldo, como a un David gigante y magnífico, portando su honda y listo para sumergirse en el futuro que todos le conocimos.

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