La peste y la derrota de Camus

Por Gustavo Verón. Posadas, Misiones. Periodista

Gustavo VerónLa mejor manera de conocer a una ciudad  ya dejó de ser eso de averiguar en ella cómo se trabaja, cómo se ama y cómo se muere. Aquella esclarecedora propuesta de Albert Camus vislumbró la derrota setenta años después con la llegada arrasadora de una inusitada pandemia que no conoció de límites, fronteras, posición social, edades ni creencias. No hay barreras que no haya derribado a su paso veloz, dramático y letal. Barreras. Sí, barreras: esas que las culturas levantan para diferenciarse, las fronteras construyen para separarse, y las escalas sociales para distinguirse. Barreras. Ante la magnitud de la voracidad de la nueva peste, sólo hubo que agachar la cabeza y aceptar, barajar y dar de nuevo, y que el as en la manga ya no lo tiene nadie. El mundo percibió de golpe su vulnerable desnudez y hasta el más refinado glamour debió ceder ante el espanto y el pudor por necedad o idiotez. Encumbrados “señores”, acostumbrados a pulsar el botón de mando y decidir los destinos del planeta, se vieron atónitos y desencajados por el imperio de un adversario microscópico. Ellos, tan habituados a la tangibilidad del poder, sintieron que un germen que tiene apenas el peso de la humedad, les vino a arrebatar decisiones programadas

Al mundo “se le quemaron los libros”. La ciencia tuvo que desempolvar los archivos y motorizar novedades a contrarreloj. La apropiación de saberes también dejó de ser una “cuestión de Estado”, y cada país debió ante la emergencia copiar lo acertado que hizo el otro, que a su vez tuvo que aprender a costa de dolorosas muertes. El cuadro comenzó a ser semejante desde esta línea o aquella del Ecuador, desde este lado o aquel del meridiano de Greenwich

Volviendo a la frase de Camus, el trabajo comenzó a ser el mismo en Morelia o San Petersburgo, en Recoleta o en Ottawa, no es tan distinto en un lugar o en otro: caída, restricciones, parálisis. La pandemia impuso la necesidad de procedimientos que en todos lados de manera similar se cumplen. Lo mismo ocurrió con el amor: ahí también el virus puso sus reglas y amar tiene desde hace algún tiempo la extensión de un metro y medio, la disparatada elocuencia de codos que se tocan, y de besos que no se dan. Ni hablar de la muerte. En todos lados, rincón del planeta que sea, el ser humano se despide en soledad y bajo la fría plegaria del protocolo que dice “muerte por COVID”. Los deudos miran de lejos en un rito funerario al que asisten sin poder llevar flores ni besar la tumba. Ocurre así con las pompas en honor a la realeza o en homenaje al dedicado trabajador de una fábrica. Otra vez, nada muy distinto de otro. La pandemia dictaminó reglas uniformes a un mundo que desde que es mundo se ocupó siempre de distinguir y discriminar, sea por fama por poder o por gloria

Bernard Rieux, el heroico médico de Orán, no se hubiera imaginado el escenario de esta época. Camus tampoco. No hay por el momento y quizá por bastante tiempo, maneras distintas de trabajar, de amar o de morir. Camus fue derrotado y su célebre novela, traspasada.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s