La prensa y la cultura/regiones sin-circuitos

 Por Rodrigo N. Villalba Rojas. Formosa. Escritor y docente

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El periodismo cultural, como género, me inspira respeto y también suspicacias. Formosa cuenta sólo con un medio impreso que puede ostentar ese nombre, Día Seis. Otros intentos que emergieron esporádicamente o con duración sostenida y más o menos periódica apenas lograron coquetear con el género sin avanzar hacia un propósito lógico, el de comunicar/pensar las dimensiones de lo cultural.

No me interesa debatir qué sea lo cultural ahora, todos compartimos un concepto más o menos convencional en torno a su carácter colectivo diversamente instituido al interior de los grupos sociales que constituyen el pueblo (ese otro gag conceptual), valor o herencia p(m)atrimonial que significa una diferencia al tiempo que hace posible su hibridación voluntaria o forzosa, que tiende permanentemente a una categoría trans (que los puristas y esencialistas abjuran). Etc.

También sabemos de sobra que el periodismo desde sus orígenes es el marcador de la agenda noticiosa, tanto puede hacernos pensar de la debacle social y ecológica en las poblaciones rurales (cosa que muy pocas veces o nunca) como de las astucias de un bulldog que se cepilla sin ayuda (y las permutaciones del inocente perro por cacatúas y wombats).

El género cultural del periodismo (que en nuestras geografías es por supuesto un género subterráneo al no existir un circuito que lo apuntale), tiene la ventaja de poder marcar la agenda de un modo menos heterónomo, tal vez. Posee una libertad amplia de legitimación y visibilización de lo que ocurre en materia cultural. Quiero decir, quien comunica la cultura en estas coordenadas de frontera y sub-metropolitanas, sabe que sus consumidores tienden a pensar (en)(la) cultura. Son (somos) les galliformes conscientes que escarban para buscar la presa, en lugar de hincharse con el vitosan del patrón.

Esa debe ser la prerrogativa de les comunicadores culturales, cuando no hay circuitos culturales dinámicos, cuando éstos derivan entre estancos, reptan, conviven como sustratos débiles y sin cohesionarse, sin lograr un estímulo que los nutra, sin conseguir un consumo medianamente masificado y hospitalario (les consumidores culturales de provincia demandan, por maña, productos importados, no de exportación).

Digo, me pregunto ¿no debería ser esa la prerrogativa de les comunicadores culturales? He de cultivar un género que dignifique a les amables (pero incisives y quisquilloses) consumidores que descienden a leerme. He de dibujarles circuitos o dinámicas culturales que elles no pueden ver, he de arrancarles los ojos de sus estancos oculares para que vislumbren, no lo que hay, sino lo que tal vez está por suceder con la cultura, he de trazarles una hipótesis de mirada ahí donde no pueden ver con sus órbitas sensoriales acostumbradas a las complejas arquitecturas musicales, líricas y novelísticas, importadas desde los grandes centros comerciales.

No siempre se tiene la posibilidad de demostrar, desde las hojas masificadas de la prensa (también hojas perentorias, pues la tinta y el papel periódico siguen siendo el documento masivo por excelencia, sólo acechada por incendios monumentales y desenlaces escatológicos), que poseemos el espacio y la palabra para pensar una (otra/s) categoría multiforme y heteróclita, que no somos presas del capricho ajeno o de los pulsos del rating. Y que tampoco somos presas de nuestros propios caprichos artísticos, musicales, literarios, o nuestros lazos de camaradería (“fulano, sos todo un faro, voy a hablar de tus lámparas”).

Las hojas de prensa cultural no pueden ser un derroche. En tiempos de pandemia, la cultura y les hacedores culturales son uno de los sectores no comerciales más afectados. Malgastar el espacio en el que elles podrían estar pensándose de una manera auténtica es apresurar la extinción de nuestro propio espacio como comunicadores. Como portadores de culturas, discursos, símbolos, somos también portadores de temporalidades diferidas, cada une ha desarrollado a su ritmo y dentro de sus posibilidades una trayectoria cultural específica.

La comunicación y el periodismo cultural de las regiones sin circuito podrían aprovechar esa multiplicidad, imitarla, transmitirla, o al menos pensarla, en una fracción mínima de espacio. Siempre que el espacio, cuanto más reducido, más estanco, y ello significaría una omisión deliberada y extendida de las dinámicas.

Siempre que el espacio en blanco, cuanto más amplio, más desierto, y ello significaría omitir e imponer el silencio sobre los intercambios humanos y el potencial creativo inmediato.

Foto: Ana Abian / Milena Duarte

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