Concursos literarios

Por Alberto Szretter. Posadas, Puerto Rico, Misiones. Escritor y médico

Alberto

Escribir sobre Concursos Literarios es, casi seguro, hablar mal de ellos. Porque no tienen buenos créditos, incluso, los supuestamente reputados. Sin embargo, estimo que todos los escritores han participado alguna vez en la vida de, por lo menos, uno. Es que ganar o resultar finalista da prestigio, que deviene -tal vez- de sobreponerse a otros. Luego, ese éxito -aunque sea modesto- figurará en los antecedentes del autor. A pesar de que sabemos lo engañoso que son, resultan como las tardecitas de Buenos Aires, “tienen ese qué sé yo, ¿viste?”.

Ray Bradbury decía que si escribís un cuento por semana, es imposible que al año hagas 52 cuentos malos, o 52 cuentos buenos. De toda esa producción, que debe esperar, seleccionarse y ser corregida, solo algunos podrán ser dignos de ser presentados a un concurso.

El problema básico de los concursos (sacando todas las mañas y entretelones que existen) es que semejan una competencia deportiva, pero sin foto finish. En una carrera de atletismo es fácil: gana el que cruza primero la línea de llegada, pero en literatura…

Hay centenares de concursos literarios en cada país de Iberoamérica, de todos los temas, tipos o formatos y entes organizadores. Algunos poseen mayor notoriedad, pero todos, bueno, casi todos, tienen el estigma de estar amañados. Los primeros en esta lista de arreglados son los creados por las grandes Editoriales a quienes les conviene económicamente que gane un escritor ya conocido.

Pero a esta arbitrariedad le podemos agregar otros absurdos como, por ejemplo, el Concurso de Letras, en Argentina, del Fondo Nacional de las Artes 2020 (que vence en septiembre) solo con temas de ciencia ficción, fantástico y de terror; que, con el pretexto de “fomentar estos géneros tradicionalmente relegados” según palabras de la Directora de FNA, Mariana Enríquez, acotó la literatura a estas tres categorías, y amputó todo el resto de la variada y rica producción nacional, como la crítica realista, la novela histórica, etc. etc. etc. (justamente en una época crucial para la reflexión en el país y el mundo). Alguien con mucho más criterio, y sabiendo más de historia que Enríquez dijo, hace mucho tiempo, que la literatura de nuestro país no se entiende sin la variedad fantástica, porque casi es su sello, de infinidad de obras de autores argentinos, de manera que no es cierto que el género esté relegado. Hay un primer premio nacional de 150.000 pesos, cinco premios regionales de 120.000 pesos (aquí, las provincias valen menos), y tres premios nacionales especiales. Del jurado de cinco personas, solo tres son escritoras; las otras son, un cineasta y una editora.

También contemos dos hechos agraviantes, en ambos casos de la Editorial Planeta (¡ojo!, hay otras inmensas empresas que hacen lo mismo. Además, por favor, no trato de desmerecer a los vencedores). Camilo José Cela fue premiado porque un Consejero Editorial de la compañía, amigo de él, le ofreció el galardón, pasando por encima del Jurado, cosa que se demostró en el juicio que hubo.

Ricardo Piglia y el Editor Guillermo Schavelzon fueron condenados a pagar 10 mil dólares a Gustavo Nielsen, luego de que un Tribunal argentino comprobó que resultó perjudicado en el concurso manipulado de Planeta, de 1997. La novela ganadora ese año fue Plata Quemada. Se armó un lío mayúsculo porque el chanchullo salpicó al Jurado que lo constituían nada más y nada menos que Mario Benedetti, María Esther de Miguel, Tomás Eloy Martínez, Augusto Roa Bastos y el mismísimo Schavelzon.

Pero que se burle al merecedor de los laureles de la victoria es tan viejo como La Ilíada. Agamenón le arrebató la bella Briseida a Aquiles que, en aquella pugna mítica, “se la había ganado” y de la cual, encima, se había enamorado. Este fue el motivo por el cual Aquiles se retiró bastante tiempo de los combates, y solo volvió cuando lo mataron a Patroclo. 

Los escritores porfiamos atrás de algún trofeo, no queremos entender que una Editorial es un negocio, y que los premios se negocian. Hay un concurso en Argentina preparado por un Medio gráfico que dice ser “un toque de atención para la solución argentina de los problemas del argentinos”, en el que participan infinidad de obras porque el trofeo es sustancioso y la difusión segura, además imprimen la novela campeona. El Jurado siempre está compuesto por famosos. Pero estos famosos no leen todos los ejemplares remitidos. Es evidente que hay grupos de lectores seriales, pagados por “el gran diario”, que seleccionan las historias, pongamos diez o doce. Lo hacen según criterios literarios, editoriales, pero sobre todo, comerciales.

En los concursos se debe participar con pseudónimo, pero qué pasa si un escritor llama a uno o dos integrantes amigos o conocidos del Jurado y les dice fulano de tal soy yo, no se olviden.

Tampoco se debe olvidar en este somero análisis que, vaya a saber por qué influjo raro del destino, las lides literarias de tal o cual país o provincia o municipio, las gana siempre el connacional o local.

Los que estamos desahuciados de los concursos (entre otros motivos porque nunca ganamos nada) y ya no participamos en ninguno, decimos a modo de consuelo que hubo inmensos escritores a los que jamás le dieron el Nobel (el premio mayor para cualquier escritor); y que hubo otros, verdaderamente buenos, que no fueron reconocidos ni siquiera en vida: Allan Poe, Emily Dickinson, Kafka, Collodi, Bolaño… muchos. 

Bolaño, por consejo de Antonio Di Benedetto, se presentaba en concursos de baja calidad, para obtener algún humilde dinero para mantenerse. Salvo el golpe de Los detectives Salvajes, el escritor chileno fue post mórtem un fenómeno de ventas y literario.

Cervantes, por ejemplo, cuya propia vida bien podría ser una novela, ya que mató a un madrileño en un duelo, fue exiliado, soldado, esclavo, torturado, tenía la mano tullida, fue pobre siempre, lleno de problemas personales, deudas, y cárcel (varias veces), el gran Cervantes, decimos, fue escasamente reconocido en su tiempo.

Estamos seguros que si los escritores de aquella época se hubieran presentado en un concurso, el ganador hubiera sido Lope de Vega (que era célebre en esos años) y no el autor del Quijote, que tenía seis dientes en mal estado en tiempos de escribir su gran obra (a los 58 años). Para colmo, cuando se le rompió el anteojos (gafas de pinza), carecía de reales para arreglarlo, y no podía resolver los problemas con la hija soltera embarazada (con la que se había peleado); a esto se le sumaban los almuerzos de solo sopa y un mendrugo, mientras el impresor lo acosaba, hasta con una faca, para que escriba la segunda parte de su obra maestra.  

Cervantes, con todo respeto, podría pertenecer a la base del gráfico que toma en cuenta la capacidad de ser retribuido por su trabajo literario. En el asiento del dibujo, que es una pirámide imaginaria, está la mayoría de los autores, luego vienen los escritores profesionales, y -después- en la cima los escritores famosos, las estrellas que cobran muy bien, que son minoría. “Profesionales” y “famosos” no significan lo mismo, ni se puede deducir de estas categorías la calidad de la escritura. Acá estamos refiriéndonos a los estímulos pecuniarios, trofeos y homenajes, masivas ediciones y otorgamientos de viajes pagos, obsequios y títulos en los diarios. Además esta figura nos ayuda a comprender en lo que respecta a los grandes concursos literarios porqué ganan siempre los que están más arriba.

7 Comments

  1. QUÉ LINDA FORMA DE CONFORMARNOS Y DE DECIR , NO ESTAMOS SOLOS, NO SOY EL ÚNICO. PASA AHORA, PASÓ ANTES Y PASARÁ DESPUÉS. CUÁNTA VERDAD SIN RESOLVER. FELICITACIONES , MUY BIEN DESARROLLADA LA IDEA DIRÍA LA PROFE DE LETRAS Y, YO DIGO EXCELENTE TEXTO, ME ENCANTÓ LEERLO.

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  2. GRACIAS POR ENVIARME EL NUEVO NEACONATUS. ¿QUIÉL ELIGE LOS COLABORADORES) . SE ME OCURRE, O QUIZÁ UN NUEVO O IGUAL TEMA, EL OTORGAMIENTO DE LOS PREMIOS, EJ:ADRESITO, ARANDÚ,ETC. ETC, O COLABORADORES EN LA FERIA DE LIBRO DE OBERÁ Y OTROS LUGARES . BUENO.. POR LO MENOS LO DIJE. GRACIAS
    ESTABA POR ENVIAR , CUANDO RECORDE, LA ELECCIÓN DE LOS LIBROS QUE VAN A LA FERIA DEL LIBRO A BS AS. AUNQUE, HACE RATO QUE NO MANDO LOS MÍOS. CONOZCO LAS QUE ELIGEN PARA MANDAR Y ME CAUSAN TRISTEZA , IMPOTENCIA YY TODO LO DEMÁS , AL VER QUE VAN LAS MEDIOCRES, MALAS Y AMIGABLES. BUENO BASTA ANA . YA YO DIJE .. GRACIAS . ANA
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  3. Uno debería conocer los criterios de evaluación en estos “Concursos”, así decide si participar o no, si está dispuesto a otra desilusión, si vale insistir, para crecer en lo que se hace…

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  4. Los Concursos Literarios. Quizás una forma de emerger de la medianía de los círculos en los cuales se mueven los escritores, es enviar los productos que se tienen a un concurso. Pues no dejan de ser otras miradas distintas que pueden aportar alguna devolución positiva. Es el sistema. Entrar en esa búsqueda de otras miradas lectoras (se suponen expertas) conlleva de por sí una aceptación del sistema (capital en búsqueda del negocio producto libro final, circuito editorial de por medio). Que puede ser arreglado, que están digitados los ganadores, que los leen los seriales y que los famosos prestan sus nombres, es posibilidad constatada por numerosos ejemplos desde antes. Pero no todos están en esta bolsa, hay grises de por medio donde existe cierta certidumbre de imparcialidad, de trayectorias de ética personal, de valía literaria acrecentada por el tiempo, que ameritan confiabilidad en los jurados, o de editoriales pequeñas que sobreviven en el sistema que no tienen por norte el negocio en sí sino buscar las excelencias literarias como arte. De cualquier manera, siempre hay subjetividad que se supone prima en las apreciaciones en las lecturas de los jurados, consabido los gustos e impactos que cada individuo porta en su experiencia lectora para inclinarse por tal o cual obra. Las variadas ofertas de concursos en el mundo occidental es inmensa, acrecentada por el despliegue tecnológico de la red que permite tener a disposición una gama ramificada que abarcan tantos tópicos literarios a elección. Generalmente los entes oficiales cuando organizan concursos objetivan incentivar las vocaciones literarias, promover la escritura y lectura, etc. con temas libres pues se impulsa la imaginación creadora. De hecho encorsetar la misma a temas de ciencia ficción, fantástica y de terror como lo hace el Fondo Nacional de las Artes 2020 con el reciente llamado al Concurso de Letras, es limitar la expansión creadora.

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  5. Si bien Alberto Szretter tiene motivos para ofrecer una mirada lapidaria sobre los concursos literarios, no concuerdo con su crítica que generaliza y no deja títere con cabeza.
    Todos sabemos que las editoriales son un negocio que, como toda empresa, busca maximizar su ganancia. Y con eso, está todo dicho.
    Pero también hay todo tipo de concursos que se guían por otros estándares. Y no es apropiado decir que, en un concurso organizado por un ente municipal no gubernamental, (como por ejemplo ¨Los Fanáticos de los Cuentos de Horacio Quiroga¨) gane casi siempre un escritor de la localidad convocante. Existen sobradas pruebas de ello.
    Por otro lado, ¿Quiénes son los que eligen? Parece una perogrullada, pero la respuesta es: son personas. Que no tienen porqué poseer, necesariamente, la cualidad de ser escritores.
    Y las personas, tienen la vara de medir la calidad literaria influenciada por sus gustos particulares, más sus lecturas y el medio sociocultural en que se forjaron sus personalidades.
    Por lo tanto, ¿cómo hacemos para inventar una vara que se torne indiscutible para calibrar la calidad literaria? Sencillamente es imposible. El mismo autor del artículo hace mención a olvidados escritores en su tiempo y reivindicados por la posteridad.
    He creído siempre que, si como escritor alguien llegó a conocerme y apreciar mi escritura, ha sido porque la suerte me acompañó en la difusión de mis libros. De acá a cien años, si se siguen leyendo, podremos, en ese entonces, hablar de alguna calidad perdurable.
    Supongo que un poco de humildad, cuando sometemos nuestros trabajos al juicio de los demás, no nos caería nada mal.

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