Monstruos y metáforas en la obra de Mary Shelley

Por Orlando Van Bredam. El Colorado, Formosa. Docente y escritor

van Bredam WP

Siempre hay que leer o releer  a los clásicos porque siempre dicen algo nuevo, algo que en su propia época permaneció escondido o no fue necesario sacar a la luz. Mary Shelley, a los dieciocho años, tuvo el atrevimiento de escribir “Frankenstein” (1816) y lo que es peor, publicarlo. Ningún editor  creía que era la autora de una novela tan fascinante, no por la edad, sino por su condición de mujer. Lord Byron y su marido Percy Shelley habían comenzado a publicar siendo menores, de modo que la edad no era una razón para ignorarla. Fue finalmente su padre, también editor, quien trajo al mundo su obra maestra. La necesidad del mercado del libro de catalogar para vender, hizo que desde un comienzo “Frankenstein” se leyera como una novela de terror, en una época en que los fantasmas y el tremebundo universo de los muertos tenían muchos lectores. Sin embargo, quienes hemos leído el libro sin dejarnos influir por las macabras imágenes del cine de Hollywood, sabemos que el terror es una emoción absolutamente secundaria en la construcción del relato. Hay muchas hipótesis de lectura posibles, incluso para su tiempo. La biografía de Mary Shelley, llevada ahora al cine y popularizada gracias a Netflix, es un buen punto de partida para advertir que la autora, obedeciendo al mandato freudiano de que todo relato es autobiográfico aunque estemos hablando de otros, exalta en primer lugar la responsabilidad de la paternidad. Un hombre, un creador, no debe abandonar a la criatura que ha traído al mundo. Cuando el científico Víctor Frankenstein huye aterrorizado por el aspecto desagradable, monstruoso de su creación, de alguna manera es el padre de Mary que la expulsa  de su casa, que la desampara cuando decide amar a Percy siendo casado. Esta paternidad irresponsable se repite en el momento en que su hija muere porque Percy no dudó en exponerla al frío y la lluvia para escapar de sus acreedores. Hombres abandónicos que deben ser castigados, y es lo que hace finalmente el monstruo.

En términos de hoy, la fealdad de Frankenstein (el monstruo hereda contra la voluntad de Víctor, su apellido) es motivo de bullying, de discriminación constante, a pesar de los inmensos esfuerzos para  hacerse querer por sus iguales que nunca lo perciben como un igual. Aquí contrapone Mary Shelley lo estético a lo ético, la importancia de las apariencias, la belleza como anzuelo, como seducción aceptable y la fealdad física como condición imposible para el amor. Por ese motivo, el monstruo reclama una igual, una mujer que esté a su misma altura y es un reclamo justo pero catastrófico desde el punto de vista estético para un mundo lleno de hipocresía.

“Frankenstein” es más una novela de amor que de terror, en sus entrañas se agitan las metáforas de una jovencita visionaria y genial, pero también podemos decir, que como todo clásico, es una novela inclasificable, un tratado vivo de la condición humana.

 Foto: Ana Abian

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