Gabriel Casaccia, anclado en Posadas

Por Roberto Maack. Posadas, Misiones. Escritor y periodista

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Gabriel Casaccia es, junto a Augusto Roa Bastos, uno de los padres de la literatura paraguaya. Benigno Gabriel Casaccia Bibolini, tal su nombre completo, nació el 20 de abril de 1907 en Asunción (falleció en Buenos Aires en 1980). Su primer contacto con la tierra colorada fue cuando todavía adolescente estudió un año en el entonces Colegio Nacional. Volvió a Posadas en 1935 y se quedó hasta 1951.

“Yo emigré de mi país en 1935 -contó alguna vez el propio Casaccia- después de la Guerra del Chaco porque la situación económica y política se presentaba muy sombría. El Paraguay siempre fue, y sigue siendo, por mandato de Dios, el país de la indisciplina y el despilfarro. Desde el punto de vista de la tranquilidad para escribir, sin problemas políticos ni de otros órdenes, el alejamiento me fue beneficioso. Pero me debe haber sido perjudicial perder el contacto directo y permanente con mi tierra y sus habitantes. No obstante, si me hubiera quedado, todo hubiese sido distinto, tan distinto que otra hubiese sido mi creación, yo, y mi vida entera. Me afinqué en Posadas, por muchos años. Después experimenté una irresistible atracción por Buenos Aires y decidí probar fortuna en ella. Descubro una ciudad fascinante, vertiginosa, también implacable”.

Casaccia mientras vivió en Posadas trabajó de abogado y estuvo muy vinculado al poder provincial de entonces. Parte de esas vinculaciones es la relación que estableció con Horacio Esteban Ratti, entonces funcionario del gobierno, quien después sería presidente de la Sociedad Argentina de Escritores y le posibilitó contactos claves en Buenos Aires para hacer posible su sueño de escritor.

El primer exilio

La guerra del Chaco, que enfrentó a Paraguay con Bolivia fogoneada por Inglaterra por el simple interés del petróleo en la zona, fue un punto de inflexión en la vida del escritor. El joven abogado, recién recibido en la Universidad de Asunción, era por entonces funcionario de la Cancillería y en pleno conflicto pidió ser trasladado al frente de combate.  En el enfrentamiento armado que duró cuatro años actuó como auditor de guerra con la Séptima División de Infantería del Ejército paraguayo.

Con la paz, llegaron los pesares de Casaccia. En 1935 se exilió en Posadas. Al decir del periodista Armando Almada Roche, que en 2007 publicó un ensayo muy completo en el diario ABC Color de Asunción sobre la vida del autor al cumplirse cien años de su nacimiento, fue “un dolorido exiliado por motivos económicos o políticos”.

El primer libro

La primera novela de Casaccia fue Hombres, mujeres y fantoches, “un libro mediocre y pesado, pero en el que ya se vislumbraba la chispa de su talento”, según Almada Roche. “Después vendría El bandolero, una suerte de pieza teatral a lo Valle Inclán, tipo esperpento. En esta obra aún no hallaba su estilo; los diálogos son muy largos y faltos de espontaneidad, se nota mucho la influencia de las novelas del Ruedo Ibérico. En 1938 publica El guajhú, que originó una revolución en las letras paraguayas y puso término a todo un ciclo narrativo convencional. Es con este libro de cuentos en donde Casaccia, encuentra su lenguaje y estilo propios que ya no abandonará en toda su carrera literaria”.

La babosa, novela aparecida en 1952, un año antes que El trueno entre las hojas, de Augusto Roa Bastos, es en la que Gabriel Casaccia, según todos sus críticos, se consagra como escritor y arranca definitivamente al Paraguay del anonimato literario en que se hallaba. La babosa es -según Almada Roche- la novela fundamental en la narrativa paraguaya contemporánea. “La babosa no es una crónica, ni una compilación de anécdotas locales, ni un reportaje, ni las “memorias” resentidas de un civil. La babosa es el testimonio de un estado sociocultural, de una época”.

Este libro fue publicado en Buenos Aires al año de haber emigrado de Posadas, por lo que probablemente lo escribió en la Capital de Misiones. En 1963, le otorgaron el Premio Kraft en Buenos Aires por su novela “La llaga”. En 1966 obtuvo el Premio Primera Plana Editorial Sudamericana por su novela “Los exiliados”, mientras que “Los herederos” y “Los Huertas” fueron finalistas en otros concursos.

Para Casaccia vivir en Argentina no era un completo exilio: “estoy unido por el idioma, y las parecidas geografías no alcanzan a multiplicar la melancolía. Hay distinciones, claro, entre lo que uno tuvo que dejar y lo que encontró. Pero estas distintas idiosincrasias no son obstáculos para la amistad, el respeto y, a veces, la admiración. Mejor pueden ser consideradas como estímulos y novedades para todo el que tenga la manía de escribir, que es mi caso”.

En una reedición argentina de El pozo, de 1967 y prologado por Roa Bastos, el autor de Hijo de hombre dijo “Gabriel Casaccia es el iniciador de la narrativa paraguaya contemporánea, lo que en buena medida da a su obra un carácter fundacional, y a su autor, el mérito insólito de haber echado a andar el género en un país novelísticamente inédito. Antes de Casaccia, la novela y el cuento en el Paraguay solo conocían esbozos y tentativas frustrados en la ausencia de una tradición novelesca, tan rica y adelantada en otros países de nuestra América. Pero no sólo cronológicamente Casaccia es el fundador de la narrativa paraguaya actual, lo es también por la fuerza y la coherencia de su mundo narrativo”.

Realidad cercana

“Desde mi novela La babosa hasta Los exiliados, pasando por La llaga, noto que, sin quererlo, sin buscarlo ex profeso, he tratado de indagar cuál es la realidad de mi país; esa realidad profunda y auténtica, que subyace bajo lo superficial, anecdótico y cotidiano. La busco a través del hombre paraguayo, de lo genuino que hay en él. El paraguayo -como el hombre argentino- tiene un alma y un destino modelados por el ambiente y por problemas originales de su país. Pero no inquiero lo genuino del ser paraguayo sirviéndome del costumbrismo o de su folclore, sino a través de sus conflictos y problemas sociales y humanos. Por eso mis novelas son novelas de personajes, de almas y el ambiente, aunque importante también, está en segundo término, y no absorbe ni ahoga al personaje”, dijo Casaccia en una entrevista que le hiciera Almada Troche.

Posadas en la novela

Todos los libros escritos por Casaccia están situados en Areguá, su pueblo de nacimiento. Menos Los Exiliados, que está ambientada en Posadas.  “En esta novela, el autor se interna en el alma del exiliado y va surcando sus sentimientos y sus sueños, así como las consecuencias dolorosas que va imponiendo en su ánimo el extrañamiento forzoso de su patria”.

En 1945 le confesó a su hermano Carlos Alberto, en una carta desde Posadas: “He traído de allí una nostalgia terrible de todo lo que dejé y que quizá con dos o tres cosas más sean las fuertes y únicas raíces que me atan profundamente a la vida, a mi vida a través de otras vidas. Desde luego se vive por dos o tres cosas, o para dos o tres cosas. Me parece que soy un pobre sentimental o más bien un hombre de dos o tres sensaciones, de dos o tres recuerdos. Ni siquiera creo que soy un ser de razonamiento ni sentimiento, sino un ser que tiene cuatro sensaciones adheridas permanentemente, tenazmente a la piel.

La novela según Casaccia

Toda novela es un pequeño cosmos, un orbe cerrado en sí. En toda novela hay algo personal, muy íntimo del autor. En mis novelas la parte personal es Areguá (pueblo ubicado cerca del lago de Ypacarai y es la Macondo de este autor). Uso mis relatos para volver espiritualmente a ese lugar donde viví las tristezas y gocé las alegrías de mi infancia y adolescencia, y donde dejé tantos recuerdos al crecer. Al escribirlo recordándolo es como si volviera a caminar por sus calles de tierra, y entrar en sus caserones poblados de fantasmas de los que allí vivieron. Más pasa el tiempo y más tengo la sensación de que la única vez que fui de verdad yo fue en aquellos años. Tal vez en Areguá -sin saberlo- rocé la felicidad. Y puede ser que ahora esté buscando su leve e imperceptible roce cada vez que me refugio en ese pueblo con la imaginación. Pero todo eso está ya tan lejos, que hay momentos que me parece que Areguá es un pueblo que lo sueño, y que no existe, sino en mis libros. Tal vez dentro de algunos años no sea más que eso: un pueblo imaginado. El mundo de la literatura y el mundo en que vivimos son dos mundos distintos. Se parecen casi nada. En definitiva, hay solo un camino. El que hubo siempre. Que el creador de verdad tenga la fuerza de vivir solitario y mire dentro suyo. Que comprenda que no tenemos huellas para seguir, que el camino habrá de hacérselo cada uno, tenaz y alegremente. Ya que la verdadera misión del escritor moderno es recoger en lenguaje fácil y sencillo trozos de vida diaria, los grandes y pequeños acontecimientos que a todos nos pueden ocurrir”.

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