Acerca de la noche

Por Enrique Gamarra. Resistencia, Chaco. Escritor

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Desde el principio de los tiempos la noche ha significado para el hombre la hora de un misterio cósmico que jamás pudo descifrar.  Pareciera que lo insondable fuera la esencia de su naturaleza y que sucede al día para recordarnos que todo confluye en lo que conocemos como oscuridad, acaso la condición humana más cierta de todos los enigmas que nos plantea el acto de vivir. No pocos pensadores se han ocupado de  la noche. Nietzsche considera que la noche se proyecta en el hombre con cierto estremecimiento metafísico que nada tiene que ver con el carácter sucesivo del tiempo. Es indudable que para el hombre la noche ha pasado a ser  una metáfora, más que el simple lapso que separa la luz de las tinieblas. A su amparo  los actos humanos adquieren cierto carácter de profundidad  que no registran las horas del día.  Todo en la noche es más entrañable, visceral, secreto. Uno se inclina a pensar que los grandes actos de la historia se gestaron siempre al conjuro de la noche, cuando los ojos del universo parecieran estar cerrados para evitar toda posible interferencia. La noche es el escenario predilecto de la traición, del crimen, de la consumación del mal, pero también es el espacio en  que el amor enciende sus lámparas  secretas para hacernos ver que aun en la oscuridad puede alentar la chispa de la redención. La noche es diversa y única. No será  igual   la de  la ciudad  llena de luces  a  la  del desamparo de un camino abandonado  en un pueblo sin nombre. Tampoco la del niño temeroso en su habitación a oscuras  será igual a   la del joven bullanguero  durante una celebración., una fiesta  de amigos.  Puede el  estado de ánimo moldear esas diferencias conforme  a  distintas  circunstancias,  pero de ninguna manera  le será posible hacer común ese sentimiento que nunca trascenderá los límites de lo estrictamente personal. La noche habita en cada uno a su modo.

En la historia de la literatura la noche es un tema trajinado desde siempre. Acaso porque predispone a la recordación de amores perdidos o simplemente porque en ese espacio el escritor puede afinar los sentimientos a la manera del músico en su afán de soñar melodías. La soledad y el silencio son  pautas  imprescindibles para el artista. De allí partieron siempre las grandes obras. Pablo Neruda ha confesado en más de una oportunidad ser un enamorado de la noche. Le canta como a una amante necesaria a la que sin embargo nunca podrá alcanzar. Dice en el Poema XX: Puedo escribir los versos más tristes esta noche. /Escribir por ejemplo la noche está estrellada/ y tiritan azules los astros a lo lejos. / El viento de la noche gira en el cielo y canta… Cuando al poeta chileno se le preguntó quién era en realidad la protagonista del poema respondió: la noche.

Jorge Luis Borges es autor del libro Historia de la noche. En el poema inicial que da título a la obra dice: A lo largo de sus generaciones/ los hombres erigieron la noche. / Nadie puede contemplarla sin vértigo/ y el tiempo la ha cargado de eternidad. Sin embargo, cuando la noche adquiere condición particular es en el muy conocido Poema de los dones. Dice: Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios, que conmagnífica  ironía / me dio a la vez los libros y la noche. En este poema, la noche es la metáfora de la ceguera, mal que aquejó a Borges pasados los cincuenta años.

Ricardo Rojas inicia su soneto Nocturno con un cuarteto que muchos lectores repitieron con unción a mediados del siglo pasado y que no pocos poetas santiagueños  de hoy sostienen como emblema lírico en los recitales de la provincia y aun  en otras partes del país. Noche otoñal. Afuera el viento zumba/ con un rumor extraño y desgarrante/ y en  la nostalgia de tu amor distante/ pienso en ti, en mi madre y en la tumba. En este cuarteto el otoño parece ser una prolongación de la noche, lo que configura un clima perfecto para lanzar al viento las quejas de amor.

El escritor francés Louis Ferdinand Céline es autor de una novela que abrió nuevos horizontes  en la narrativa de Europa. Viaje al fin de la noche es, después de Proust, la obra más traducida en la historia de la literatura francesa. Su lenguaje rayano en la grosería, el empleo de expresiones novedosas enfrentadas con los niveles del academicismo  hacen  de la novela un testimonio que muchos escritores trataron de imitar,  ante  el beneplácito del  propio Sartre. El lector se pregunta si la noche es en esta obra una metáfora de la vida que acaba o lo que antecede a un nuevo nacimiento,  si tenemos en cuenta que el fin de la noche abre las puertas del día, de  la luz.

La historia de nuestro país registra al menos dos casos de violencia y represión relacionados con la noche: La noche de los lápices y La noche de los  bastones  largos. El primero de ellos, La noche de los lápices, tuvo lugar en la noche del 16 de setiembre de 1976 y consistió en el secuestro de diez estudiantes de la Escuela Normal N° 3 de La Plata por parte de las fuerzas de seguridad, el Batallón 601 del Servicio de Inteligencia del Ejército y la Policía de la provincia de Buenos Aires. De los diez estudiantes seis fueron torturados y asesinados. Tenían entre 14 y 17 años y habían participado en una campaña relacionada con el boleto estudiantil. La operación estuvo dirigida por el general Ramón Camps y fue calificada como lucha contra la acción subversiva en las escuelas. La denominada Noche de los Bastones Largos radicó en  el desalojo de cinco facultades de la Universidad de Buenos Aires por parte de la Policía Federal Argentina, en la noche del 27 de julio de 1966. El nombre del hecho proviene de los bastones largos usados por los efectivos policiales para castigar a los estudiantes, profesores y graduados que habían ocupado la casa de estudios en oposición a la medida del gobierno militar de intervenir las universidades. En el hecho fueron detenidas 400 personas y destruidos laboratorios y bibliotecas.

En Alemania, la llamada Noche de los cristales rotos dio lugar a la muerte de más de noventa judíos por parte de La Gestapo y al envío de al menos 300 judíos a los campos de concentración, además de la destrucción  total de  las sinagogas y de todos los negocios de propiedad judía. Fue el paso previo a la consumación final.

Sin embargo, entre tantas circunstancias adversas relacionadas con la noche, sería bueno rescatar solo su antigua mansedumbre, su silencio tachonado de estrellas,  para  que ella  sea nuestra amante y no la dama de ceño adusto o admonitorio. No sería del todo  descabellado  repetir el pensamiento de un gran poeta argentino del siglo pasado: Dulce tarea es contemplarte, noche que me has acompañado desde niño…

Foto: Joaquín Núñez Abian

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