El delay provinciano

Por Rodrigo N. Villalba Rojas. Formosa. Escritor y docente

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Así como la cuarentena sobrevuela una superposición de etapas, vencimientos, renovaciones, postergaciones, todas fórmulas extraídas del orden de lo temporal, en el orden de lo espacial la enfermedad se mueve por ciclos disruptivos, no avanza porque le imponen barreras, prolifera en los espacios de infección y aguarda el desborde, o lo que sea.

Las metrópolis funcionan como espacios de religación, la figura puede transferirse al ámbito de la peste. Son espacios de inseminación y diseminación de la enfermedad. Nuestra geografía borderline nos pone a salvo momentáneamente, hasta que alguien ingrese, por contrabando, con el premio. Hasta entonces, habitamos en una temporalidad diferida, como siempre lo hicimos, gozamos de las libertades momentáneas, protestamos del encierro estéril. Somos el producto de ese cruzamiento de circunstancias. Nuestra ruralidad empuja bestialmente desde las entrañas, necesitamos salir al campo, necesitamos disponer de nuestro tiempo.

El encierro es una pérdida de tiempo, en todos los sentidos, y emula a la escritura literaria porque ella nace en esa clave, en el residuo, en la ausencia, en el espacio desertificado, en el espacio donde no podemos estar. La poesía del porvenir no tiene sentido, salvo que no se cumpla el vaticinio, que se genere el efecto estético en ese arco que va del deseo a la frustración. Hasta entonces, la poesía del porvenir no tiene sentido, habita un tiempo que no le pertenece, ocupa un espacio de balde.

La poesía, la escritura, quedan como restos de aquella pérdida de tiempo, como ruinas, documentos de algo que servía o iba a servir y ahora sólo está. Ahí aparece Agamben escarbando entre las rendijas de la mesa el excedente de las comidas, aquello que ni para los perros. Ahí aparecen las hogueras distópicas de la literatura. Ahí aparecemos nosotros buscando que la distopía se presentifique de una buena vez. Que el nuevo orden se manifieste por fuera de la abrumadora monotonía, que la pérdida avance y dinamice la agenda amesetada de novedades.

Pero la poesía a la vez es el correlato de la pérdida de espacio y del excedente de tiempo. Necesitamos una ocupación, una deriva, una evasión rápida en el excedente temporal. Urge quemar las naves, estimular las neuronas con la química del consumo. Streaming, series, videojuegos, memegenerators, sobredosis que no puede otorgarnos la lectura lela, la ausencia del hábito lector o el fastidio de la lentitud. Ni la acumulación obsesiva de libros electrónicos que amontonamos durante años: necesitamos el riesgo de perder, la cuenta regresiva, el límite de uso, habitar el margen de ilegalidad como ya habitamos el margen de la enfermedad que poco a poco se está convirtiendo en pauta. Necesitamos perder tanto tiempo que necesitamos perderlo rápidamente, generar el espacio de pérdida, perder la legalidad, salir, huir del encierro, ingresar en la cuenta regresiva de la curva de contagio, exponernos a la desintegración, cortejar a todo aquello que nos resulte invasivo, sea la enfermedad, sea el hisopado, la cuarentena absoluta, la unidad de terapia intensiva.

Operamos, como víctimas de la profilaxis, con un vértigo suicida, una energía de abstemios. No aceptamos el arrebato espacial y huimos, nuestro hogar ya deviene un no-espacio, nuestra imposibilidad de ser, en las coordenadas domésticas todo se hace imposible para nuestros propósitos, algo falta, algo siempre falta. Y ese algo posiblemente seamos nosotros, los que faltamos en alguna parte, los que fuimos arrebatados, suspendidos, los que podemos ser sólo donde no podemos estar, y los que fuimos en un tiempo que ya no es éste.

Así como la cuarentena sobrevuela una superposición de etapas, vencimientos, renovaciones, postergaciones, todas fórmulas extraídas del orden de lo temporal, en el orden de lo espacial la poesía se mueve por ciclos disruptivos, no avanza si le imponen barreras materiales y virtuales, pero prolifera en los nuevos espacios de encierro (el lente, el ancho de banda y el live), y aguarda el desborde una concurrencia anónima y minúscula, o lo que sea. La poesía sobra por todas partes en el medio de la crisis, y da testimonio de su naturaleza diluyente. Se escribe, se hace leer, se corta, habla de sí misma, de cómo se hace a fuerza de pérdidas, exhalaciones, desagotes, desalientos. Aun si nadie pudiese escribir, la poesía habrá de quedar como registro excedente de la humanidad, de aquello que podremos llamar el resto de lo humano, aún en la reproducción mecánica.

Foto: Ana Abian

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