La diferencia como identidad

Por Carlos López Aguirre. México – Barcelona – Moscú. Escritor

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En una ocasión, mientras trabajaba en el periódico REFORMA de la Ciudad de México, nos visitó el periodista español del diario El País Alex Grijelmo, famoso por sus libros sobre las palabras y sus trabajos de periodismo de inmersión. Pero en aquella ocasión no nos habló ni de una ni de otra cosa. Contó una anécdota:

Después de trabajar varios años en el diario y haber alcanzado puestos altos dentro de la compañía, incluido el de Redactor Jefe, fue nombrado director periodístico de la cadena de periódicos locales y regionales del grupo Prisa (al cual pertenece El País). Grijelmo comentó que aquel encargo, en un principio, le pareció que lo degradaba. Sin embargo, con el paso del tiempo, al revisar y comparar los diarios locales y leer el periódico nacional, percibió que este último, en varias ocasiones, dejaba de lado detalles sobre noticias en las provincias españolas u obviaba el contexto o simplemente los artículos tenían un marcado cariz centralista.

Cuando contó esta anécdota ya había dejado aquel cargo y en aquella época estaba encargado, curiosamente, de expandir el grupo en América Latina. Sin embargo, aseguraba que aquel tiempo editando periódicos locales le dio una visión más completa sobre lo que verdaderamente sucedía en su país, ya que los periodistas locales tienden a focalizar sus textos de una manera mucho más cercana y concreta.

En el mundo del periodismo, y en el de la literatura también (aunque para mí el periodismo escrito también es literatura), se tiende a menospreciar lo que sucede en la periferia. Y si hablamos de América Latina, que en sí misma también lo es a nivel global, esta situación es todavía más marcada, ya que los países, sean centralistas o federalistas, el foco cultural se concentra en las capitales.

Y este es un problema grave. Las creaciones de las llamadas periferias son vistas desde los centros de poder-económico-culturales como provincianas o folclóricas. Lo curioso es que aquellos que viven en dichos centros se quejan de la misma manera porque el mundo les pide ese tipo de contenidos: provincianos y folclóricos. Y lo peor, complacen a las metrópolis y suelen hablar con orgullo de sus creaciones. Un término muy utilizado es que son “auténticas”.

Esta idea de lo folclórico y lo provinciano viene de lejos, principalmente fomentadas en la búsqueda de una identidad propia, algo que en América Latina ha sido un problema cultural fundamental. Pero más allá del mismo, la búsqueda de un equilibrio entre lo verdaderamente auténtico sin caer en lo provinciano o en lo folclórico sigue siendo un reto constante.

Pero dejemos de lado el tema global y ciñámonos a lo local, sea donde sea, entre el vasto territorio entre Tijuana y la Tierra del Fuego. Desde las capitales es raro una apertura a lo que viene directamente del interior. Al mismo tiempo, desde las provincias existe, por lógica, un cierto complejo de inferioridad combinado con un orgullo que limita por completo un entendimiento o, por lo menos, una cooperación mutua.

En resumen, las periferias se resguardan en sus trincheras, lo cual también genera que su comunicación y cooperación con otras también se corte o sea mínima (lo mismo sucede a nivel regional), lo cual genera una desconexión que deriva, por supuesto, en una falta de pluralidad y de horizonte en las creaciones.

Quizá sería necesario volver al tema de la identidad. Pero no a esta idea homogénea, donde una nación cabe en una sola bandera. No, al contrario. Una identidad generada a través de la diferencia. Que se vaya llenando de todos y por todas, tanto de las periferias como de las capitales. Valorando lo que se hace en cada una de ellas y apropiándolas. Sólo teniendo la humildad y el ingenio para aceptar lo que han creado otros en un entorno que desconocemos (y al cual denostamos por ignorancia)[1], podremos lograr esa ansiada apertura. De otra manera será difícil que salgamos de ese mismo provincianismo que desplegamos más allá de las fronteras.

En aquella reunión, Grijelmo aceptó que sólo logró conocer España gracias a ese trabajo que pensó que lo degradaba. Y que esta no estaba hecha sólo de Madrid, sino también de otras realidades (e incluso de otras lenguas). Pero sólo una actitud aperturista como la que él siempre ha demostrado permite ampliar horizontes. Y esto debe suceder de manera mutua, sin mirarnos por encima del hombro y sin presumir de lo “auténtico”. Una creación ya lo es por sí misma, porque no hay otra igual, sea de donde sea. Y sólo así dejaremos de lado lo provinciano o lo folclórico, incluso a nivel global.

[1] Para saber más al respecto: García Canclini, Nestor. Latinoamericanos buscando lugar en este siglo, Paidós, Buenos Aires, 2002

Foto: Joaquín Núñez Abian

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