Sobre Tres truenos de Marina Closs

Por Café Azar. Buenos Aires – Posadas, Misiones. Antropólogo y gestor cultural

Café Azar WP

Gran Monte (Vera Pepa), Demut y Adriana. Nombres y voces que desnudan cuerpos y deseos violentados, lastimados, por legados que cómo látigos castigan pieles sensibles. Voces urgentes que quieren ser escuchadas, piden –suplican- la atención. Desesperadamente hablan sobre la virginidad, la paciencia y el amor verdadero. Tres truenos implacables, conmovedores, lacerantes.  No se trata sólo de historias, no son sólo una serie de acciones que se encadenan en literalidades rutinarias y previsibles. Tres truenos de Marina Closs (Bajo la Luna Editorial SAS; CABA, 2019) es, además, un fuerte compromiso con la lengua (y el habla) como materia de experimentación y riesgo. Hay una genealogía, creo. O – por lo menos – sugiero: Zama, de Antonio Di Benedetto (1956), Eisejuaz (1971), de Sara Gallardo; El entenado de Juan José Saer (1983). La escritura puesta en cuestión. El carácter sonoro de la palabra que vibra en el aire, la alteración (intervención) en la estructura gramatical en donde el habla opera sobre la lengua y la libertad de sentidos en el campo semántico de los significados. En criollo, patear la mesa de lo dado.

Son los cuerpos de las mujeres, su deseo, su sexo, los  que atraviesan los monólogos de las mujeres que en forma cruda, y delicada a la vez, dibuja Marina Closs. Cuerpos que sometidos y castigados se rebelan, se escapan. Dice Demut: “Sin embargo, señor, señora, escaparse es hermoso y morir es lo único que no tiene remedio.” El cuerpo de la mujer usado para parir, para servir, para amar. Objeto de uso atrapado en las telarañas de las tradiciones, las prohibiciones y las subjetividades de un otro masculino, espectral y dominante. Hay imágenes transversales sobre los juegos infantiles y la muerte, sobre los pies sangrantes y el peso de sostener el cuerpo en forma vertical. Hay intentos de sororidad amorosa, y miedos, y traiciones. Hilos que se tragan, o se caen. Cicatrices. Y dolor. Como Vera Pepa diciéndole a Eugenia que si hubiera tenido una hija: “Le hubiera mostrado en mi cuerpo cómo los órganos de los hombres lastiman y arañan.”

Otra posible genealogía. Están, también, en las historias de la joven mbya, la muchacha alemana y la estudiante de artes que constituyen Tres Truenos, los ecos de Giselle (1841), la obra de danza clásica compuesta por: Adolphe Adam (música),  Jean Coralli y Jules Perrot (coreografía); y Jules Henry Vernoy y Theóphile Gautier en los libretos. Explícitos en el monólogo final (el de Adriana) se despliegan de diferentes maneras en los monólogos de Gran Monte (Vera Pepa) y Demut. Tópicos que giran sobre la virginidad (las willis, cuñataí), la locura, la sororidad y el baile. “El verdadero amor no es una persona, sino un gesto en el cuerpo.” Escribe Adriana en su diario.

Entre tanto discurso de identidades forzadas, entre tanta proliferación de escrituras planas y sumisas, las voces que ofrece Marina Closs vienen a rasgar aquello que se impone a fuerza de repetición y vaciamiento. Otras miradas, otras forma de contar, otros modos de decir. Así suele ser cuando el arte ataca. Cómo un trueno. O tres.

Fuente: el aura de los desangelados

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